(Colaboración) Escrito por Rubén Basay Roberts | Chile.
Este 5 de noviembre se conmemoran catorce años del fallecimiento de Leonardo Favio, uno de los artistas más queridos de la música latinoamericana, pero quisiera recordarlo de una manera diferente, no solamente como el cantante que conquistó corazones con "Ella ya me olvidó", "Fuiste mía un verano" o "Quiero aprender de memoria", sino como el hombre que transformó sentimientos cotidianos en canciones capaces de sobrevivir al tiempo.
Para hacerlo propongo una pregunta: ¿Qué une a Leonardo Favio con Queen, The Rolling Stones, Pink Floyd, Led Zeppelin, Metallica, Nirvana, AC/DC, U2 y The Doors?
A primera vista, muy poco.
Favio cantaba al amor con una voz íntima y profundamente expresiva. Estas bandas conquistaron el mundo con guitarras eléctricas, poderosas baterías y extraordinarias innovaciones musicales.
Sin embargo, cuando dejamos de lado las etiquetas, descubrimos que las grandes emociones humanas no pertenecen a un género musical determinado.
En 1968, Leonardo Favio publicó "Ella ya me olvidó", una de las canciones más recordadas de su trayectoria. Su interpretación transmite la angustia de quien conserva intacto un amor que para la otra persona ya terminó. La emoción nace de su voz, sus pausas, su particular manera de frasear y una melodía que parece acompañar cada recuerdo.
Cinco años después, The Rolling Stones publica "Angie".
Mick Jagger, reconocido por su intensidad sobre los escenarios, también demostró que podía interpretar una despedida con extraordinaria sensibilidad. Las guitarras acústicas, el piano y los arreglos de cuerdas construyeron una atmósfera profundamente melancólica.
Favio y Jagger pertenecían a mundos distintos. Sin embargo, ambos consiguieron que millones de personas reconocieran sus propias historias en aquellas canciones.
Porque una despedida puede doler tanto en una balada argentina como en una composición del rock británico.
Hay algo extraordinario en "Fuiste mía un verano". Su título contiene una historia completa: un encuentro, una estación del año y la certeza de que algo hermoso quedó atrás.
Leonardo Favio utilizaba palabras cercanas al lenguaje cotidiano, como si nos estuviera contando una experiencia personal.
En 1965, The Beatles habían publicado "Yesterday", una composición donde la voz de Paul McCartney, una guitarra acústica y un cuarteto de cuerdas fueron suficientes para expresar una inmensa nostalgia.
Una década después, Pink Floyd presentó "Wish You Were Here", donde la ausencia adquiere una dimensión diferente gracias a sus guitarras, su atmósfera y su construcción musical.
Tres canciones, tres estilos y una emoción compartida: el recuerdo de alguien que ya no está.
Quizás por eso ciertas melodías nos acompañan durante décadas, porque no solamente nos recuerdan a quienes amamos, también nos devuelven a quienes éramos cuando las escuchamos por primera vez.
Entre las canciones más hermosas del repertorio de Favio aparece "O quizás simplemente le regale una rosa". Su encanto reside en algo sencillo: la posibilidad de expresar amor mediante un pequeño gesto: una flor, una palabra, una ilusión.
Ahora pensemos en Freddie Mercury interpretando "Love of My Life" de Queen. Una banda capaz de estremecer estadios con la potencia de sus guitarras también podía conmover con una composición delicada que terminó convirtiéndose en uno de los momentos más emotivos de sus conciertos.
Algo semejante encontramos en "Thank You", de Led Zeppelin, donde Robert Plant expresa sentimientos amorosos mediante una interpretación muy distinta de las canciones más intensas de la agrupación.
¿Qué nos demuestra todo esto?
Que la ternura no pertenece exclusivamente a la balada romántica. Que una orquesta puede acompañar una declaración de amor, pero también puede hacerlo una guitarra eléctrica. Y que la verdadera grandeza musical no depende del volumen, sino de lo que una composición consigue despertar en nosotros.
En 1991, Metallica publicó "Nothing Else Matters", una canción que sorprendió a quienes identificaban a la banda únicamente con la fuerza del heavy metal. La guitarra de James Hetfield, su interpretación vocal y el crecimiento progresivo de los arreglos construyeron una de las composiciones más reconocibles de su trayectoria.
U2 había explorado otro camino con "With or Without You", publicada en 1987, donde Bono expresa las contradicciones del amor sobre una instrumentación que aumenta gradualmente su intensidad.
Incluso AC/DC, símbolo de la energía del rock, encontró momentos de introspección en Ride On, de 1976, donde el blues permite apreciar una faceta más vulnerable de Bon Scott.
No pretendo afirmar que Leonardo Favio y estas bandas hicieron la misma música. Lo fascinante es precisamente lo contrario: artistas extraordinariamente diferentes encontraron maneras propias de expresar emociones que todos compartimos, y esa capacidad de llegar al corazón humano explica por qué algunas canciones continúan acompañándonos durante generaciones.
No todas las canciones inolvidables hablan de amor, muchas nacen de la soledad, la incertidumbre y la necesidad de comprender nuestra existencia.
The Doors exploró esas emociones en "People Are Strange", con la voz inconfundible de Jim Morrison.
Décadas después, Nirvana presentó "Something in the Way", una composición contenida y sombría que revela una faceta especialmente vulnerable de Kurt Cobain.
Leonardo Favio también se acercó a la tristeza y la soledad en canciones como "Mi tristeza es mía y nada más". Pero existe una conexión todavía más interesante con el rock.
En su álbum "Fuiste mía un verano", Favio interpretó "Para saber cómo es la soledad", versión de Tema de Pototo, composición de Luis Alberto Spinetta y Edelmiro Molinari, vinculada a los comienzos de Almendra.
Aquí encontramos un encuentro musical concreto entre el repertorio de Favio y el nacimiento del rock argentino. Una canción podía adquirir otra interpretación, otro arreglo y una sensibilidad diferente sin perder su esencia.
Aquello demuestra que las fronteras entre los géneros musicales nunca fueron tan rígidas como algunos imaginaban. La música tiene una extraordinaria capacidad para transformarse y seguir emocionándonos.

Leonardo Favio nació en Mendoza, Argentina, el 28 de mayo de 1938. Su verdadero nombre fue Fuad Jorge Jury. Además de cantante, fue actor, guionista y uno de los directores más importantes del cine argentino.
Películas como Crónica de un niño solo, El romance del Aniceto y la Francisca, Juan Moreira, Nazareno Cruz y el lobo y Gatica el mono, reflejan una sensibilidad artística extraordinaria.
En sus películas aparecían la pobreza, los sueños, las injusticias, el amor y la dignidad humana. Era el mismo universo emocional que recorría muchas de sus canciones, aunque expresado mediante imágenes.
Favio podía conmovernos en pocos minutos con una melodía y también durante horas con una historia cinematográfica. Dos lenguajes diferentes, unidos por una misma vocación artística.
Después de tantos años escuchando música, sigo convencido de que una gran canción posee una virtud difícil de explicar.
Puede acompañarnos durante toda la vida y emocionarnos de una manera distinta cada vez que volvemos a escucharla:
A los veinte años puede recordarnos un primer amor.
A los cuarenta, una despedida.
A los sesenta, toda una vida.
La canción sigue siendo la misma, quienes hemos cambiado somos nosotros. Hemos amado, perdido, aprendido y vuelto a comenzar.
Quizás por eso una persona puede emocionarse escuchando a Leonardo Favio y, pocos minutos después, sentir una intensidad semejante ante una composición de Pink Floyd, Queen, Metallica o The Rolling Stones. No porque todos interpreten la misma música, sino porque las emociones humanas no conocen fronteras musicales.
Leonardo Favio consiguió que sus canciones dejaran de pertenecer exclusivamente a su propia historia para convertirse en parte de la memoria de millones de personas. Eso mismo consiguieron, desde estilos completamente diferentes, The Beatles, Queen, The Rolling Stones, Pink Floyd, Led Zeppelin, AC/DC, Metallica, Nirvana, U2 y The Doors.
Cada uno construyó su propio lenguaje, cada uno encontró una manera distinta de acercarse a nuestros sentimientos y cada uno dejó composiciones que continúan vivas mucho después de su creación.
Este 5 de noviembre recordamos catorce años de la partida de Leonardo Favio, pero prefiero pensar en todo lo que permanece.
En los amores de juventud que todavía reviven al escuchar "Fuiste mía un verano".
En los recuerdos que regresan cuando comienza "Ella ya me olvidó".
En los pequeños gestos de ternura que nos inspira "O quizás simplemente le regale una rosa".
Y en tantas personas que todavía encuentran compañía en una voz que parecía cantarles solamente a ellas.
Porque finalmente no recordamos una canción únicamente por sus instrumentos, su melodía o la fama de quien la interpreta.
La recordamos por lo que nos hizo sentir.
Y esa es quizás la forma más hermosa de trascender: conseguir que, después de tantos años, alguien vuelva a escuchar nuestra voz y sienta que no está solo.
Gracias, Leonardo Favio.